El olor a sandía de tu chicle
que me pide otra tajada de tu boca;
encontrarnos en la barra, en el baño,
y las manos por debajo de la mesa.
Bailar contigo y hacer de nuestros cuerpos
pentagramas que tienden a infinito.
Tú en el caos de mi cuarto,
yo en el caos de tu coche.
Echo de menos todas esas cosas,
menos a tí...

Imaginar los sitios posibles donde estabas...
Imaginar los sitios posibles donde estabas,
verte llegar sin noche a La Tertulia,
reconocer tu voz apresurada
al contar una anécdota
o preguntar por mí,
saber que nos mirábamos antes de conocernos,
son capítulos largos de mi vida.
Supongo que también te dejarán a ti
este mismo vacío,
esta impaciencia por estar sin nadie
mientras se nos olvida
todo el calor que duele de olvidado.
El naufragio es un don afín al hombre.
Después de que sucede
suelen tener las huellas
esa incomodidad que tienen las mentiras,
el recuerdo es un dogma,
la soledad el pecho que tú me acariciaste.
Pero cambiando de conversación
el tiempo -buen amigo
que deforma el pasado como el amor a un cuerpo-
hará que cada día no parezca un disparo,
que volvamos a vernos una tarde cualquiera,
en un rincón del año y sin sentir
demasiada impotencia.
Será seguramente
como volver a estar,
como vivir de nuevo en una edad difícil
o emborracharnos juntos
para pasar a solas la resaca.
Igual que quemaduras debajo de los dedos,
en un segundo plano
seguiremos presentes y esperando
ese momento exacto del náufrago en la orilla,
cuando al salir del mar
me escribas en la arena:
«Sé que el amor existe,
pero no sé dónde lo aprendí».
Caminábamos en dirección opuesta para encontrarnos. Hacía aire, y yo sentía que no podía volar más rápido hacia tí.
LLegamos a la vez, cada uno por un lado hasta toparnos y fundirnos en aquel abrazo que pactamos de antemano. Fue bien, como siempre, risas, perros, cosas del día a día y una merienda en el parque como escolares.
Yo te contaba mis cosas, tu me contabas las tuyas, y entre tema y tema, balances del pasado. También me hablabas de ella, eso me dolía, y no voy a decir que poco, pero te descubrí in-fraganti deteniendo y disumulando la mirada sobre mis ojos. Esquivabas, pero me dio tiempo a leer en ese brillo algo que aún no te has atrevido a decirme. Tus ojos te delataron.
Me fuí con eso y algún que otro suspiro en mi mochila, por supuesto eran robados.
Al llegar a casa me sentí tan a gusto que mis oídos se abrieron a la música y mi estómago floreció.
La sed, seguía siendo de tí.